Alfonso Castro Rivas

Sin lugar a dudas, la muerte de cada uno de los mártires de la institución, es una verdadera tragedia para quienes les corresponde sobrevivir, pero la muerte del séptimo mártir del Cuerpo de Bomberos de Temuco, representa una pérdida muy especial.

En la madrugada del domingo 27 de septiembre de 1977, alrededor de las 05:30 horas, el silencio de la noche se ve interrumpido por el incesante llamado de la sirena del Cuartel General: se había declarado un voraz incendio en la calle Lynch, entre Varas y Bello. El escenario era devastador, los vecinos corrían para socorrer a los damnificados y para tratar de tratar de salvar algunas pertenencias.

Los voluntarios de la guardia lucharon incansablemente por extinguir el fuego, y lo que más preocupaba era que se trataba de la morada del voluntario de la Primera Compañía, Alfonso Castro Rivas, y no sabían si se encontraba en ella o no, varios vecinos lo vieron entrar y salir varias veces intentando poner a salvo a su esposa y a sus cinco hijos. En esta heroica labor logra salvar a su esposa y a tres de sus hijos, pero al ingresar una vez más a la casa envuelta en llamas para rescatar a sus dos hijos más pequeños, nunca más volvió a salir.

Su amor filial y el deber bomberíl lo dejaron atrapado entre los humeantes escombros. Su cuerpo carbonizado es encontrado en la puerta de salida al patio y los restos incinerados de sus dos pequeños hijos en la sala de estar.

Sin lugar a dudas, la muerte del voluntario Castro caló hondo en el sentimiento del Cuerpo de Bomberos de Temuco y de la región, cuyos miembros despidieron sus restos en una interminable columna de formación entre bomberos y ciudadanos que quisieron acompañar el cortejo fúnebre hasta su última morada, convirtiéndose en el último mártir que registra la institución hasta la fecha.